Categoría: José Luis Gómez Serrano

Regreso a casa

Juan Pérez está de nuevo en la cárcel de Jicotepec. Lo atribuye a la mala suerte aunque sus compañeros le explicaron al reingresar por qué lo habían atrapado y cada uno ofreció su mejor consejo sobre qué es lo que debió haber hecho para seguir en libertad; él insiste en que fue simple y mala fortuna, rumiando para sí mismo que las críticas no son de buena fe, puesto que la mitad le tenía envidia y el resto le guardaba rencor, tratando desquitarse de esa manera por haber perdido la apuesta sobre cuántos días tardaría en regresar; todos excepto uno, el que calculó precisamente los seis días que duró la aventura, el que tomó en cuenta tanto las habilidades del escapado como las de la policía y que agradeció a Juan, simbólicamente, con una cajetilla de cigarros. Al recibirla se suavizó por primera vez el entrecejo con que había reingresado al penal, levantando la vista y mirando a alguien sin el odio con que se había dirigido a los otros reclusos, quienes nunca pudieron comprender cómo pudo funcionar aquella manera tan sencilla de escapar y habían seguido con ansiedad las noticias; al final, internamente frustrados porque tampoco Juan pudo salvar el honor de la prisión, lo recibieron en medio de gritos y burlas.

El preso purgaba una condena de veintitrés años, que siempre consideró excesiva, uno o dos años le parecían a él justos; nada más había matado a un rival, al amigo que le hizo la corte a su novia. El juez le preguntó en el proceso por qué reaccionó tan violentamente, y respondió que era una cuestión de honor, de hombría. “¿Usted cree que valía más su honor que la vida del difunto?” le había dicho el juez, y Juan contestó con seguridad: “Señor Juez, hay una escala de maledicencia en esta ofensa y un hombre tiene que saber responder: si alguien mira a la novia, se le reclama de palabra; si le dice cosas bonitas, amerita golpiza; si la toca, la golpiza tiene que ser con fuerza mayor, por ejemplo con un bate; si la corteja, merece la muerte”. El juez lo miró con sorpresa y lo cuestionó “¿Pero qué es cortejar? ¿Quiere usted decir que la sedujo?” “No, señor juez, cortejar es, por ejemplo…, es…, que le diga cosas bonitas. Si la hubiera seducido, no sé qué le hubiera hecho.”

Juan pensó siempre que había hecho lo que tenía que hacer porque ya se iba a casar y esto convirtió al cortejo en un asunto con agravantes, volviendo a justificar su postura con ayuda.

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No hay manera

Mi padre conoció algunos líderes, que obsequiosos con el pueblo, le sonrieron, le dijeron; me toca a mí conocer los hijos suyos, también vienen a mi pueblo, nos sonríen y nos prometen; mi hijo conocerá a los que siguen, obsequiosos también, obsequiando otras promesas. Y así, no hay manera.

Vi en la calle unas patrullas, policías armados y corriendo, todos detrás del hombre que robó un estanquillo; Vi volar una macana, luego luces y sirenas, vi el suelo con el hombre. Vemos hombres y mujeres con pancartas y gritando, vemos que apedrean congresos, vemos todo excepto sus rostros; hoy descansan las macanas, hoy la ley sólo contempla. Y así, no hay manera.

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Mucha ley y pocas nueces

1-Leyes electorales

Un valor asumido en las leyes es que deben implicar un castigo al que las rompe, y que el castigo debe ser proporcional a la falta; dicho en términos más elegantes, la pena debe ser equiparable al bien jurídico que se haya quebrantado. Robarse una cajetilla de cigarros debería producir un día de encierro, pero robar al erario debería generar destierro a las Islas Marías, porque estos robos usualmente son muy grandes y además es un robo a la nación entera. Pero los usos y costumbres de este país se han encargado de desvirtuar muchísimas leyes y convertirlas en papel para hacer avioncitos, sencillamente porque no se aplican.

Una de esas es la ley que prohíbe el uso de recursos públicos con fines electorales. Los usos propagandísticos de SEDESOL en Veracruz, como ahora acusan los diputados del PAN y PRD a Rosario Robles, no son más que un ejemplo más del uso generalizado que se da en todas partes del dinero público para apoyar a los candidatos del gobernador en turno (que no tienen que ser del mismo partido, ya lo aprendimos). Independientemente de la culpabilidad que pueda tener Rosario Robles, el problema más grande que hay en este caso es que la sanción, si es que llega a existir, llegará a destiempo. Pongamos por caso, en el Estado de San Garabato se hace uso de recursos públicos para apoyar al candidato Juan Cuerdas, quien a fin de cuentas gana la elección mientras el desvío de fondos queda ignorado. Se ofician los Santos Ritos, se le unge como gobernador, y un año después alguien escarba, descubre y publica que habían utilizado dinero público para apoyar a Juan Cuerdas. ¿Qué hacer? El principal bien jurídico que se rompió en este caso fue quebrantar las reglas de equidad en democracia, cuestión que determinó el ganador; el asunto secundario es señalar un culpable que haya manejado esos recursos. Castigar al que manejó el dinero deja impune el crimen mayor, que el nuevo gobernador Juan Cuerdas haya llegado al poder gracias al dinero público.

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Nuestros hijos nobles

La película mexicana Nosotros los Nobles ha tenido una buena respuesta del público. Es un ejemplo, llevado al extremo, de lo que sucede con los hijos a quienes sus padres tratan de darles todo: un viudo rico tiene tres hijos buenos para nada, que se dedican a frecuentar bares, antros y restaurantes, a gastarse el dinero del papá, absurdamente inútiles para todo lo que no significa firmar vouchers de la tarjeta. La película recurre a muchos clichés como situarla en la ciudad de México, hablar con tonito de niños nice, presentar nada más la faceta preocupada del padre por sus hijos, no por sus negocios, y hay un uso excesivo de gags cinematográficos demasiado lógicos, quizá hasta predecibles. Naturalmente, al final los hijos aprenden la lección y empiezan a ganarse la vida honradamente, permiten al papá que los visite en la casa vieja familiar que reconstruyeron, final feliz de cuento de hadas.

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Conciencia del medio ambiente

Todos los años en estos meses aparecen noticias que hablan de incendios forestales. Creo que la expresión es exagerada, incendios forestales, me gustaría que aquí hubiera en realidad bosques y no nada más matorrales, pastizales secos y huizacheras; pero esa escasa vida vegetal que vemos es lo que tenemos, no hay más, y los incendios que se reportan destruyen ese mínimo que hace la diferencia entre el desierto declarado y un medio ambiente como el que nos rodea. En esta ocasión Reforma publica la teoría de que fue un incendio provocado, probablemente por agricultores y fraccionadores que quieren desmontar los cerros entre el DF y Morelos; la Secretaría del Medio Ambiente del DF lo dicen técnicamente: extender las invasiones a áreas de conservación ecológica.

Los incendios forestales son una gran tragedia, porque se pierde una parte de vida que a la Naturaleza le ha costado años crear. Un bosque con árboles de tres metros o más de altura es un bosque joven que probablemente lleva unos cincuenta años sin experimentar catástrofes, creciendo al ritmo que puede con lo que puede tomar en forma natural; los árboles “en cautiverio”, los que nosotros sembramos en jardines o camellones, son por lo general más cuidados que los que viven en vida silvestre; un ciprés o un fresno se tardan cinco años cuando mucho en alcanzar tres metros en un jardín, pero en la vida silvestre es el albur de sobrevivir o no, por la menor cantidad de agua y de nutrientes.

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